Díganme pls que opinan
7 de marzo del 917 d.C.
Una rosa azul se cree imposible de florecer en la naturaleza.
Una tormenta azotaba una pequeña aldea oscura e inhóspita donde la luz del reino de Áurea no llegaba. La mansión aquel día se sentía más fría de lo normal... Quizás era por la madera desgastada o el mármol sin cuidar... Pero aquel frío sobrenatural fue reemplazado por un calor abrasador que empañó todas y cada una de las ventanas del vestíbulo.
En la más cercana a la puerta, se encontraba un pequeño niño de ojos grandes y violetas. Cabello de color lila y dos orejas felinas que se irguieron en cuanto escuchó pasos... El nombre de aquel pequeño es Valek.
Lentos. Pesados. Calculados.
Valek conocía aquel ritmo tan... monstruoso. Sus orejas, al instante en que lo procesó, se aplastaron contra su cabello etéreo. Pertenecía a Varkon, su padre... o, como él lo llamaba, “El Monstruo que no me deja morir”.
—Acércate —la voz no era humana.
El niño no pudo obedecer. Su cuerpo no respondía... Aquella figura oculta por las sombras era imponente, y llenaba de terror el pequeño cuerpo de Valek... Los ojos de Varkon brillaron con peligro con cada paso. Un brillo intermitente en aquel ser oscuro.
El último paso resonó en el mármol como si anticipara lo que estaba a punto de pasar... Un dolor agudo y punzante en la mejilla del niño, obligándolo a llevar su mano al ardor... Una lágrima traicionera e incontrolable se deslizó por su rostro, el sonido que hizo al caer resonando como un tambor en la quietud de la mansión.
—Patético —Varkon escupió la palabra con desprecio.
Antes de poder protestar, el dolor se duplicó. Dos golpes fríos y precisos hechos con la espada envainada. Uno en su costado y el otro en su cuello. Su mirada se nubló al instante, y lo último que escuchó antes de caer inconsciente fue un bufido decepcionado del hombre enfrente suyo...
La tormenta había calmado, pero aun caía una suave lluvia en el lugar. Las gotas filtrándose entre las tablas descuidadas del techo y cayendo con un “tac, tac” en el mármol. Cuando abrió los ojos, aun sentía el ardor en su cuello, seguro aquella marca duraría más que las anteriores.
Los escalones de madera crujían bajo los pies de Valek. Su mano en su cuello, sintiendo la marca de la espada aun roja en su piel. Se dirigía hacia el baño a ducharse... No sabía cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero asumía que fueron horas, quizás un día.
Al llegar al baño, ahí estaba otra vez. Aquella figura reclamada por las sombras.
—Partiré hacia Áurea en dos semanas.
Valek bajó la mirada, ni siquiera estaba sorprendido. Simplemente levantó el brazo hacia Varkon, y el dolor no tardó en llegar. Punzante. Agudo. Acompañado de una marca más junto a las otras.
Las dos semanas transcurrieron con la normalidad de Valek. Cada día aparecía una marca más en su cuerpo. Cada día dolía menos. Cada día... su mirada se veía más vacía.
21 de marzo del 917 d.C. El día número 14 llegó. Valek despertó una vez más en el frío mármol del vestíbulo. Antes de poder siquiera enfocar la vista, un dolor insoportable atravesó su cabeza, dejándolo momentáneamente en shock antes de que las lágrimas comenzaran a caer de sus ojos. Se llevó la mano a su oreja, mirándola manchada de sangre... Las lágrimas se intensificaron, mirando hacia la puerta, donde Varkon ya estaba girando el pomo de la puerta.
—Ni se te ocurra irte. No sobrevivirías ni dos horas en el bosque.
Valek sintió una llama crecer en su interior... Se dirigió a la cocina rápidamente, tomando un trapo para envolver su oreja sangrante. Tomó una espada de madera del almacén, algunos bocadillos para sobrevivir días, algunos frascos y algo de ropa. Finalmente, luego de varios minutos de dudas, salió por la misma puerta que Varkon.
Las horas pasaban y pasaban. Valek no se detenía ni aunque sus piernas flaquearan... Sostenía la espada con sus pequeñas manos firmes, temblando un poco por el peso del arma. En su camino, se encontraba pequeños pétalos azules... Y tras unos minutos de seguir aquel rastro, se encontró una flor. Una rosa azul. En medio del bosque.
El pequeño se quedó admirando aquella flor tan... extraña. Sentía una familiaridad con ella, sentía como si... él mismo fuera la flor. La arrancó con suavidad, guardándola en uno de los frascos que llevaba consigo.
Siguió caminando, atento a cualquier mínimo ruido... Hasta que un crujido seco llamó su atención, volviéndose hacia el ruido instantáneamente con la espada en alto. Lo que sen encontró le erizó la cola...
No uno, ni dos. Sino cuatro tipos desconocidos con armas rodeándolo... Uno tenía una cicatriz en el ojo, y parecía el líder; otro, parecía todo un monstruo con sus manos reemplazadas por dos hachas; la tercera, una mujer, era una maga de alto rango que Valek reconoció de los libros de historia que su padre lo obligaba a leer, era Monroe Arcane; finalmente, el cuarto, que estaba a la espalda de Valek, parecía amable a simple vista... sin embargo, su sonrisa no le llegaba a los ojos y sus grandes alas estaban hechas de dagas que reflejaban la luz del sol.
El tipo de las hachas se lanzó hacia Valek rápidamente, pero el niño logró bloquearlo difícilmente, perdiendo la espada en el proceso. Ahora estaba indefenso, rodeado por tres extraños y una maga de alto rango que no parecían tener buenas intenciones... Pero, justo en ese momento, un estruendo llamó la atención de los cinco.
Aquel estruendo fue acompañado de un pilar de roca que mandó a volar al alado, seguido de un gran trozo de tierra que intentó aplastar a Arcane, sin embargo, esta ya se había esfumado en humo violeta... Un sujeto corpulento se acercó al líder y al monstruo de las hachas, dejando inconscientes a ambos con un solo golpe.
—¿Molestar a un niño? Qué bajo que han caído... —murmuró el hombre, su expresión suavizándose al momento en que se giró hacia Valek—. ¿Cómo te llamas? ¿Estás bien? —preguntó con suavidad, sonriendo levemente.
—E-Estoy bien...
—Me alegro —el hombre se agachó hasta quedar a su altura, extendiéndole la mano—. ¿Qué te parece si nos vamos de aquí? Es muy peligroso que estés tú solo, ¿dónde están tus padres?
Un nudo se formó en la garganta de Valek con la mención de sus padres... Su madre lo había abandonado cuando era solo un bebé... y de Varkon ni hablar. Conteniendo las lágrimas, Valek tomó tímidamente la mano del hombre, quien se presentó como William Kaiser, o “solo Will”.
Acompañado de “solo Will”, Valek finalmente salió del bosque, la luz del sol cegándolo por un breve instante al entrar al reino de Áurea... Las lágrimas finalmente se desbordaron en un sollozo silencioso... Todo lo que veía, todo lo que escuchaba, todo lo que sentía... era todo lo contrario a lo que había vivido en sus cortos pero dolorosos siete años de vida... Un cálido sentimiento se instaló en su pecho al sentir los brazos de “solo Will” rodeándolo.
Era algo... extraño, pero sin duda no quería dejar de sentirlo.
Una rosa azul se creía imposible de florecer en la naturaleza...