—¿Juntaste agua?
Este fin de semana, en Bahía Blanca, esa pregunta reemplazó al buen día, al cómo andás y, por momentos, a cualquier otro tema de conversación.
ABSA había anunciado que iba a cortar el suministro para conectar un caño maestro y que prácticamente toda la ciudad se quedaría sin agua durante unas treinta y seis horas. Dicho así, treinta y seis horas tampoco parecen una tragedia. Un día y medio. Hemos sobrevivido a cosas peores.
Después uno mira el inodoro, piensa en el mate, en los platos del mediodía, en lavarse los dientes, en cocinar, y empieza a juntar agua.
En casa apareció de pronto una capacidad de organización que jamás habíamos conseguido para ninguna otra cosa. Cualquier recipiente que pudiera contener líquido adquirió valor estratégico: bidones, botellas, jarras, baldes, ollas. Un tacho que llevaba años en el lavadero sin que nadie supiera muy bien para qué servía encontró finalmente su razón de existir.
Los bidones viejos se lavaron y se llenaron, las botellas vacías fueron rescatadas y cada rincón empezó a tener su pequeña reserva. Uno pasaba por al lado de cinco litros apoyados contra una pared y los miraba con la tranquilidad con que un millonario debe mirar su caja fuerte.
Afuera ocurría algo parecido. Pusieron camiones cisterna para repartir agua y los surgentes que hay en distintos puntos de la ciudad recuperaron una importancia que normalmente no tienen. La gente hacía cola llevando bidones, botellas, damajuanas y cualquier cosa que tuviera una manija y no perdiera demasiado.
Pero juntar agua era apenas la primera parte del asunto. Después había que cuidarla.
Y ahí descubrimos la enorme cantidad que gastamos cuando sabemos que basta con abrir una canilla para que salga más.
La descarga del inodoro dejó de ser un acto automático y pasó a requerir cierto criterio.
—¡Poquito!
Había que apretar el botón con delicadeza, calcular, evaluar resultados y, si la situación lo permitía, considerar cumplida la misión. Tampoco estaba la cosa como para andar tirando cinco litros por cualquier pavada.
Lavar los platos se convirtió en otra ciencia. La canilla ya no se abría alegremente mientras uno enjabonaba una taza pensando en otra cosa. Había que dejar salir un hilito, cerrarla, volver a abrirla apenas, aprovechar hasta la última gota y descubrir que, curiosamente, los platos se lavaban igual.
Bañarse quedó suspendido por razones de fuerza mayor y las plantas fueron informadas de que atravesábamos una emergencia, así que durante un par de días deberían arreglarse por sus propios medios.
Cada recipiente tenía además una función específica. Este era para cocinar, aquel para tomar, el balde para el baño y esos dos bidones del fondo no se tocaban.
—¿Y esos?
—Son por las dudas.
Nadie sabía exactamente cuáles eran las dudas, pero ahí estaban.
Cada tanto alguien hacía inventario, sobre todo cuando las treinta y seis horas empezaron a acercarse y de las canillas seguía sin salir nada.
—¿Cuánto queda?
Entonces se contaban botellas, bidones, baldes y ollas como quien revisa las provisiones de una expedición perdida en el Himalaya.
—Tenemos dos bidones grandes, cuatro botellas, el balde del baño y la olla.
—¿Qué olla?
—La grande.
Ah, bueno.
Teníamos la olla grande.
Llegaron las treinta y seis horas y pasó lo que suele ocurrir cuando alguien dice que algo va a durar treinta y seis horas: duró un poco más.
De vez en cuando abríamos una canilla, aun sabiendo que no iba a salir agua. Es una costumbre bastante humana. Hacemos lo mismo con el botón del ascensor cuando ya está encendido, como si la insistencia pudiera acelerar ciertos mecanismos.
Hasta que, finalmente, se escuchó ese ruido inconfundible de las cañerías cuando vuelven a llenarse. Primero aire, después un par de escupitajos y, finalmente, agua.
—¡Volvió!
La noticia recorrió las casas con una alegría bastante desproporcionada para algo que dos días antes salía de la pared y a nadie se le ocurría festejar.
Se había terminado el racionamiento. Podíamos lavar los platos sin administrar moléculas, tirar la cadena sin hacer cálculos hidráulicos y hasta considerar seriamente la posibilidad de bañarnos. Los tachos podían volver a ser tachos, los bidones podían regresar a algún rincón y la olla grande, después de prestar servicio a la comunidad, recuperar su lugar en la cocina.
Habíamos sobrevivido.
Hoy, cuando ya parecía que todo volvía a la normalidad, escuché la última recomendación:
—No tomes agua de la canilla. Dicen que viene sucia y puede tener bacterias.
Miré los bidones que todavía quedaban llenos.
Por suerte habíamos juntado agua.